La elegante intemporalidad de la Friburgo medieval

Uno de los mejores recuerdos que guardo de nuestro Viaje en caravana por Europa durante 33 días y 32 noches tuvo lugar la tarde que visitamos Friburgo (Suiza). Aquel día madrugamos algo más de lo habitual. Estábamos alojados con nuestra caravana en Lausanne, la tranquila ciudad a orillas del lago Léman y nos aguardaba una bonita ruta en coche que nos llevaría por la mañana hasta Gruyères y por la tarde a Friburgo.

Siguiendo el guión previsto, tras visitar Gruyères, el pueblo del queso y del octavo pasajero, nos dirigimos hacia Friburgo. Era hora de comer y paramos en un pequeño supermercado de Broc, pueblo cercano a Gruyères. Compramos queso de Gruyere y una baguette. Volvimos al coche, con la intención de parar en el primer apartadero que encontráramos.

A unos 15 minutos, en un lugar llamado Pont-en-Ogoz, vimos un pequeño polígono industrial, al lado de una carretera rural con poco tráfico. Paré junto a un almacén de maderas que parecía abandonado y una fábrica de quesos, la Fromagerie de Gumefens – Avry. Abrí la puerta del maletero y nos sentamos en él. Empezamos a comer tranquilamente, casi sin hablar.

De vez en cuando un coche o un tractor pasaba por la carretera o entraba en el polígono rompiendo el silencio. No era un sitio idílico, ni turístico, ni siquiera especialmente bonito. Lejos de casa, en un lugar al que tal vez no volvamos jamás…

Y allí estábamos mi hijo y yo, comiendo queso con pan. Con la vista perdida mirando a la carretera y el paisaje, sin prisa por llegar a ninguna parte. Viendo pasar el tiempo. Un humilde y simple alto en el camino que por alguna misteriosa razón se queda para siempre en el recuerdo. El camino es la esencia del viaje y esos momentos la felicidad absoluta.

Llegando a Friburgo

Llegamos a Friburgo hacia las cinco de la tarde. Aparcamos en las afueras, en el aparcamiento P+R Poya, al lado de una estación de ferrocarril y cerca del moderno puente homónimo. Sí, a mi también me llamó la atención el nombre. Poya significa «subir» o «colina» en idioma Arpitan (francoprovenzal).

Allí mismo, en un parquímetro compramos los billetes P+R, que incluyen el aparcamiento más el transporte público. Friburgo cuenta con varios aparcamientos de este tipo, repartidos estratégicamente por las afueras del área urbana para facilitar el uso del transporte público. Cogimos un bus (línea 1) que en 5 minutos nos dejó en la rue du Pont-Muré, en pleno centro histórico, el Bourg.

Friburgo

Friburgo (Fribourg) es una pequeña ciudad suiza de algo menos de 40 mil habitantes, capital del cantón del mismo nombre. La atraviesa el serpenteante río Sarine, frontera cultural entre la Suiza de idioma francés y la de idioma alemán. En consecuencia, es una ciudad bilingüe donde se habla el francés y el alemán, mayoritariamente el primero.

Rue du Pont-Muré. Al final de la acera de la izquierda está la Place de l’Hôtel de Ville. A la derecha, después del edificio de planta baja con arcadas, empieza la rue de Lausanne.

Su ubicación es muy accidentada, con cuestas y pendientes para ir de una zona a otra de la ciudad. Damos fe de ello. Los barrios históricos se encuentran en la Basse-Ville (Ciudad Baja), compuesta por los distritos de Bourg, l’Auge y Neuveville. Fueron los que andamos y conocimos durante la visita, nada más y nada menos que uno de los conjuntos de arquitectura medieval más grandes de Europa.

Friburgo es una ciudad muy accidentada geográficamente. Escaleras entre los distritos de Neuveville y el Bourg.

Las calles grises y tranquilas de la Basse-Ville transmiten una agradable sensación de elegante decadencia y de un pasado con muchas historias que contar. Lo del color no es ninguna crítica, se debe a la piedra de sus edificios y los adoquines de sus calles. La tranquilidad es por sí misma una virtud que no percibimos en todas las ciudades, pero en Friburgo se palpa en el ambiente.

A pesar de las subidas y bajadas y que estábamos en pleno agosto, realmente fue una experiencia muy agradable y placentera caminar por Friburgo. Posiblemente ayudó que llegamos a la ciudad por la tarde, cuando la actividad decae y los turistas se han marchado. Además era lunes.

Es fácil llegar a Friburgo. Está cerca de la autopista A12, en el eje este-oeste entre Zúrich y Ginebra a través de Berna y Lausana. Hay que tener cuidado en no confundirla con su «hermana», la alemana Friburgo de Brisgovia, unos 200 km más al norte.

Distrito del Bourg

Fue el primero de los distritos que conocimos, dado que nos apeamos en la parada de bus Tilleul / Cathédrale, en la rue du Pont-Muré, en pleno Bourg. A un paso de allí se encuentran el Hôtel de Ville (ayuntamiento), la plaza y la basílica de Notre-Dame y la catedral de San Nicolás.

Hôtel de Ville, en la plaza del mismo nombre.

El Bourg es el corazón de Friburgo. Se ubica en la cima de los acantilados sobre el río Sarine, donde el duque Berthold IV de Zaehringen la fundó en 1157. Concretamente en la actual place de l’Hôtel-de-Ville, donde construyó una torre de defensa alrededor de la cual se desarrolló la ciudad. Como curiosidad, mencionar que su abuelo Conrad de Zaehringen había fundado unos años antes (1120) Friburgo de Brisgovia, en Baden-Wurtemberg (Alemania).

La Rue des Epouses conecta la catedral con la Grand-Rue.

Paseamos más de lo previsto por el barrio, al no encontrar la ruta para llegar hasta el Pont de Berne y caminar en todas direcciones buscando la correcta. Finalmente cambiamos de idea y subimos hasta la Place Georges Python por la rue de Lausanne, una calle peatonal con elegantes edificios, comercios, y cafés con sus terrazas vacías a pesar de que hacía buen tiempo y estábamos en agosto.

Rue de Lausanne.

Según dicen fuentes bien informadas, el Bourg se está convirtiendo en un centro administrativo y residencial. Sufre el desplazamiento de la actividad comercial al atractivo centro de la ciudad «nueva» y los centros comerciales de las afueras.

No obstante, continúa siendo un importante centro cultural. Aquí se encuentran el Museo de Arte e Historia , el Espace Jean Tinguely & Niki de Saint-Phalle , el Museo Gutenberg y el Museo de la Máquina de Coser y objetos inusuales.

El Funicular de Friburgo

En la gran plaza Georges Python hay más movimiento y ajetreo de personas y vehículos. Estamos el centro de la ciudad, fuera de la Basse-Ville. En un extremo de la plaza, cruzando la Route des Alpes, encontramos el famoso Funicular de Friburgo. Es una de las «atracciones» más famosas y está incluido en el inventario de bienes culturales nacionales.

Estación del centro de la ciudad del Funicular de Friburgo.

Funciona desde 1899 y comunica la Basse-Ville, concretamente el barrio de Neuveville con el centro de la ciudad. Tiene una frecuencia de 6 minutos y el trayecto de 121 metros dura tan solo 2 minutos, durante los cuales salva un desnivel de 56,4 metros. Es una manera descansada de ahorrarse algunas pendientes andando.

Otra de sus particularidades es que funciona 100% ecológicamente. Utiliza las aguas residuales de la ciudad, con las que se llena un depósito de 3.000 litros que ejerce el contrapeso necesario para mover la cabina hacia arriba y hacia abajo. Genial.

El funicular recorriendo el trayecto hacia Neuveville, al fondo.

Estuvimos en la mismísima estación y vimos como realizaba varios trayectos, pero no lo utilizamos. Preferimos alargar el paseo y visitar los barrios Neuveville y l’Auge descubriendo las calles de la ciudad. El inconveniente es que nos perdimos las vistas espléndidas de la ciudad que se obtienen durante su breve recorrido.

Tras visitar el funicular volvimos por donde habíamos llegado, la rue de Lausanne. Una vez en el punto de partida cruzamos a la plaza Hôtel de Ville, y continuamos por la Grand-Rue para poner rumbo, ahora sí, hacia el imprescindible Pont de Berne, en el barrio de Auge.

Grand-Rue.

Distrito de Auge

Al final de la GrandRue empieza el distrito de Auge. Es un barrio con un carácter especial. Nos pareció estar en una burbuja, como en un pueblo independiente dentro de la misma ciudad. Posee una belleza anacrónica, que solo se adquiere con la pátina del tiempo. Los pocos vehículos estacionados en sus calles y detalles como alguna señal de tráfico nos recuerdan que estamos en el siglo XXI.

Vamos cuesta abajo en dirección al río Sarine y el Puente de Berna, por la bonita rue de la Samaritaine donde nos topamos con la Fontaine de la Samaritaine, una fuente que en sus antiquísimos orígenes fue de madera.

Rue de la Samaritaine, con la fuente homónima en primer término.

Echamos unas fotos a la fuente, y unas fotos a la fuente con nosotros delante y continuamos bajando. Enseguida llegamos a la Place du Petit-Saint-Jean, otro lugar con mucho encanto. Casi lo primero que vemos es la Fontaine de Saint Jean. Parece la plaza mayor de un pueblo. Poco tráfico, poca gente, mucha calma. Esta parte del barrio está en el interior de un meandro del Sarine, rodeado de agua por tres de sus cuatro costados, como una pequeña península. Del fondo de la plaza nacen dos calles, a derecha e izquierda.

Place du petit-Saint-Jean. A la izquierda se ve parte de la Fontaine de Saint-Jean. Entre las casas y el acantilado del fondo discurre el río Sarine.

La de la derecha va al Pont du Milieu y cruzándolo está el barrio de Neuveville. Antes de cruzar se encuentra el Musée Suisse de la Marionnette (Museo Suizo de la Marioneta). Además de la exposición permanente, el museo ofrece un programa anual de espectáculos donde participan titiriteros suizos y del extranjero. No lo visitamos por culpa de esa costumbre tan europea de cerrarlo todo tan pronto. Cerraba a las cinco de la tarde y ya eran las siete.

La calle de la izquierda conduce a la pequeña plaza de Jean-Francois-Reyff, desde donde se accede a nuestro objetivo: El Pont de Berne.

El Puente de Berna

El Pont de Berne uno de los cinco puentes de la Basse-Ville de Friburgo, y uno de los más bonitos que he visto. Se construyó en 1250 sobre postes de madera, con una longitud de 40 metros. Su aspecto actual data de 1653, es el último puente de madera cubierto que conserva la ciudad y uno de los más antiguos de Suiza. Está catalogado como Bien Cultural de Importancia Nacional.

Puente de Berna sobre el río Sarine, Friburgo.

A lo largo del tiempo se ha ido renovando. Los postes de madera que lo sostenían sobre el río fueron sustituidos por el actual soporte central de piedra en el siglo XVII. Después de tantos siglos aun sigue completamente activo, abierto al tráfico de personas y vehículos.

La Torre y la Puerta de Berna

Cruzando el Pont de Berne y el río accedemos al otro lado del barrio de Auge, donde el tiempo parece haberse detenido aun más si cabe. Vamos por la rue des Forgerons, que sospecho hace 40 o 50 años tenía el mismo aspecto. Casi con total seguridad, en Friburgo debe existir alguna normativa municipal que prohíbe pintar las fachadas con colores alegres. Al final de la calle se encuentra la Puerta y la Torre de Berna.

Rue des Forgerons, con la Porte-Tour de Berne al fondo.

La Porte-Tour de Berne (Puerta y la Torre de Berna) fue construida entre 1270 y 1290. Mide 24 metros de altura, y formaba parte de las fortificaciones de la ciudad. Aun se conservan las hojas de las puertas, así como vestigios del puente levadizo. Friburgo conserva el conjunto más grande de fortificaciones medievales de Suiza, con 2 km de muralla y 14 torres.

La Torre y la Puerta de Berna, vista desde el otro lado.

A continuación nos dispusimos a visitar el último de los barrios históricos de la ciudad, la Neuveville. En este caso nos ahorramos caminar durante un pequeño tramo, porque quisimos subir al pequeño bus urbano que da servicio en esta zona de la ciudad de calles estrechas.

Distrito de Neuveville

En la pequeña plaza que forma la intersección de la rue de Forgerons con la rue de la Palme y el Pont de Berne está parada de bus «Palme» de la línea 4. Lo cogimos y atravesamos el río tres veces consecutivamente por los tres puentes históricos de la Basse-Ville: el Pont de Berne, el Pont du Milieu (por el que nos metimos de lleno en Neuveville) y el Pont de Saint-Jean.

Esta línea llega hasta la parada Neuveville / Motta, donde a pocos metros se encuentra la estación del funicular, que realiza el trayecto ascendente hasta el centro de la ciudad. Cerca de allí pero en dirección contraria, bajando hacia el río, están los populares Baños de la Motta (Bains de la Motta), una magnífica piscina pública al aire libre con unas vistas espectaculares del casco antiguo.

Pero decidimos no tomar el funicular —por segunda vez— y nos apeamos del bus una parada antes, en Neuveville / Court. Subimos hacia el Bourg callejeando, y así descubrimos la bonita calle Grandes-Rames, que me recordó a la rue de la Samaritaine por la que habíamos descendido al barrio de Auge desde el Bourg.

Calle Grandes-Rames.

El distrito de Neuveville es eminentemente residencial, aunque cuenta con equipamientos culturales como el Fri Art Center for Contemporary Art o el curioso museo de los bomberos de Friburgo, Le Galetas-Collection des pompiers de Fribourg.

Escaliers du Court-Chemin.

Dejamos la calle Grandes-Rames y nos desviamos a la derecha para tomar las Escaliers du Court-Chemin, que como su nombre indica son unas escaleras que acortan el camino hasta el Bourg, concretamente desembocan en la rue de la Gran Fontaine, a pocos metros de la Place de l’Hôtel de Ville.

La Basse-Ville, una burbuja dentro de la ciudad

Antes hablaba de colores y sensaciones. Cada viaje, cada lugar que visitamos, de alguna forma consigue dejar una huella en nosotros. Por supuesto, algunos más que otros. En el caso de Friburgo, cuando miro las fotografías que hicimos, rememoro con especial claridad esas sensaciones.

Callejeamos casi sin parar durante las cuatro horas que estuvimos allí. Creo que provechamos muy bien el poco tiempo del que disponíamos. Al ser una ciudad geográficamente muy abrupta, hay que subir y bajar continuamente para ir de un lugar a otro. Tal vez el esfuerzo realizado «agravado» con el calor del verano, influyó en dejar una huella tan profunda. Quien sabe.

La realidad es que cuando veo esas fotos, me parece escuchar el agradable silencio de sus calles y percibir su tranquilidad y su pausado ritmo. Encontré en internet un texto que describe la Basse-Ville de Friburgo de una forma muy acertada y muy próxima a las sensaciones que nos transmitió:

«Los campanarios de las numerosas iglesias y capillas se cuentan, al ritmo de los cuartos y las horas, en una asincronía poética, los caprichos del paso del tiempo, de varios siglos de canciones y danzas, fiestas y risas, bajo su mirada de madres amorosas y cariñosas.»

Fragmento de: «Fribourg la secrète: entre rêves et scandales». Rosemarie Matzinger-Pasquier. Société Fribourgeoise des Écrivains

El «Bolze» de la Basse-Ville (Ciudad Baja)

Meses después de la visita a Friburgo, descubrí que aquella sensación que había experimentado en la Basse-Ville (distritos de Bourg, l’Auge y Neuveville) de estar en una burbuja, en un pueblo dentro de la ciudad, estaba totalmente justificada. Intentaré resumirlo brevemente.

La ciudad baja fue durante años un polo de atracción para miles de campesinos sin tierras, prácticamente hasta la década de 1940. Era una de las zonas más pobres de Suiza, con una alta tasa de natalidad, alcoholismo, enfermedades, promiscuidad y condiciones insalubres. Vaya, «barrios bajos» literalmente.

La población aumentó mucho en poco tiempo. Las calles estaban llenas de niños que hablaban francés o alemán. Gradualmente crearon un idioma común, una mezcla de los dos idiomas. Había nacido el «Bolze», el idioma de los pobres de Friburgo.

Actualmente el «Bolze» se reduce prácticamente a una curiosidad del pasado. Lo hablan unas pocas personas que lo han aprendido de forma oral de sus padres y abuelos, y solo pueden practicarlo entre ellos ya que no se enseña en las escuelas. El evento más popular relacionado con el «Bolze» es el Carvaval des Bolzes, que se celebra en febrero en la Place du Petit-Saint-Jean y alrededores.

(Fecha de la visita: Lunes 19 de agosto de 2019)

Información útil



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