Anécdotas y apuros de un caravanista de primer curso

Apuros y anécdotas de un caravanista de primer curso es un pequeño compendio de algunos casos vividos en primera persona durante nuestro Viaje en caravana por Europa durante 33 días y 32 noches. No hay imágenes que ilustren esos momentos, ya que en esas situaciones gloriosas (e inesperadas la mayoría de veces) lo último que a uno se le pasa por la cabeza es hacer fotos.

Aunque antes de realizar el viaje habíamos estrenado la caravana en varias salidas más cortas y puntuales (v. Experiencias del primer año con caravana), en ellas no tuvimos ningún problema ni incidencia. Todos los apuros y anécdotas nos sucedieron lejos de casa. Lógico, ya que fueron muchos kilómetros y muchos días de ruta.

Algunas reflexiones previas

En términos de circulación motorizada, casi todo está pensado y adaptado para circular en coche. No hay que preocuparse por encontrar un lugar donde parar, atravesar un túnel, meterse por las callejuelas de un pueblo perdido en las montañas, equivocarse de carretera o meterse en una ciudad desconocida. Son cosas que ni tan siquiera nos planteamos, porque en caso de equivocación acostumbra a ser fácil rectificar.

Donde cabe un camión, un autobús, una furgoneta, una caravana o una autocaravana seguro que cabe un coche. Es algo tan simple que no pensamos en ello. Es así y ya está. Pero al revés no es lo mismo. Donde cabe un coche tal vez otros vehículos más grandes no quepan. Es una realidad a la que nos acostumbramos muy rápidamente si viajamos con caravana.

Conducir un conjunto articulado de casi 12 metros tiene su qué. Influye en la forma de conducir, pero sobretodo a la hora de imaginar los viajes. Se hace necesaria más planificación: estudiar las rutas, carreteras, accesos, ubicación de los campings, distancia entre estos y los lugares que queremos visitar… etc. Nosotros acostumbramos a consultar frecuentemente Google Maps, Vía Michelín, Caramaps y otras aplicaciones ruteras.

Vayamos donde vayamos, seguro que encontraremos algún lugar adaptado y pensado para estacionar nuestro coche.

Aun teniéndolo todo planificado «sobre el papel», como conductor no puedo negar haberme estresado en alguna ocasión por no tener claro donde nos estábamos metiendo, y si acabaríamos apareciendo en las noticias como aquel camión que se quedó incrustado en una calle sin poder seguir hacia adelante ni hacia atrás…

Pero por mucha planificación previa, en un viaje siempre hay lugar para sorpresas y aventuras, como debe ser. Durante el Viaje en caravana por Europa durante 33 días y 32 noches, nos vimos en algún apuro que seguramente se podría haber evitado con algo más de experiencia. No olvidemos que somos novatos en este pequeño gran mundillo de la caravana.

Dicen que cometiendo errores es como más se aprende. A veces sirven para no repetirlos jamás. Algunos incluso son fácilmente evitables, tan solo con un poco de previsión y experiencia. Otros, por mucho que nos empeñemos siempre serán inevitables, porque a veces ocurren cosas inesperadas. En la ecuación viajera no se puede eliminar el factor sorpresa.

Las buenas noticias son que cuando llevamos una caravana es solamente por un motivo: estamos de viaje, disfrutando, y por ende no tenemos ninguna prisa. Y que ese hormigueo de no saber exactamente con qué nos vamos a encontrar durante la ruta es altamente adictivo y hace que viajar en caravana sea diferente… y emocionante.

Maldito GPS

Algo que aprendimos por las malas fue que no hay que fiarse siempre del GPS. Aunque lo tengamos configurado en el modo «coche con caravana».

Por su culpa nos hemos metido por calles de pequeños pueblos con dificultades para maniobrar, o nos ha enviado por la peor de las rutas posibles. Por eso antes de salir es recomendable, y obligatorio si vamos a  desplazarnos por lugares que no conocemos, estudiar y contrastar bien las rutas ayudándonos de Google Maps y/o Vía Michelín y ante cualquier duda, preguntar. Y sobretodo usar el sentido común, nuestro gran aliado.

París y sus alrededores fueron fuente de numerosas anécdotas y apuros. Circulando por una carretera secundaria cerca de la capital, al pasar por un pueblo que no sabría situar en el mapa, el GPS indicó que en lugar de seguir por la carretera nos metiéramos por una calle. Le hice caso. Error. Nos metimos por una calle estrecha y muy cuesta arriba, con aparcamiento alternativo a ambos lados.

Había coches aparcados a la izquierda y la derecha quedaba libre, y al cabo de unos metros alternaba, dejando la izquierda vacía y la derecha llena de vehículos. Subimos la calle trazando eses, con mucho cuidado de no rozar ningún coche o quedarnos atascados. Y detrás llevábamos cola. El atajo nos llevó hasta la plaza de la iglesia y afortunadamente de nuevo a la misma carretera que habíamos dejado (inútilmente) un rato antes.

No debemos hacer caso ciego al GPS, porque él no tiene sentido común. A veces intentará llevarnos por atajos innecesarios, que no comportarían problema alguno circulando solo con el coche. Pero con la caravana debemos tener algo más de cuidado.

En caso de duda lo mejor es no meterse si no lo vemos claro. Si es necesario circulamos unos kilómetros más, o aparcamos en el primer sitio que podamos a estudiar la ruta detalladamente en Google Maps. O preguntamos a alguien del lugar, a veces es lo más fácil y seguro. Sin prisa y parando las veces que sea necesario.

Buscando una gasolinera por los suburbios de París

De camino al camping Sandaya París Maisons-Laffitte, en el extrarradio de la capital francesa encontramos largas retenciones. Era algo previsible. Aun así, casi no nos quedaba gasoil y teníamos pavor a que se nos acabara allí, en medio de aquel caos circulatorio, contribuyendo a aumentarlo aun más. El navegador nos indicó la gasolinera más cercana. Salimos de la autopista y nos metimos de lleno en Saint Denis, el suburbio de París donde se encuentra el Stade de France.

El GPS indicaba la gasolinera de un hipermercado, pero sobre el terreno no había rastro de ella, y no estaba nada claro el acceso para entrar con el largo conjunto (casi 12 metros coche + caravana) en el recinto para buscarla. Temiendo meternos en un sitio donde no hubiese espacio para maniobrar, dimos una vuelta a la manzana para comprobar si había otra entrada. No la vimos.

No son las retenciones de París, pero la foto se parece mucho. Foto: https://unsplash.com/@12tan34

Decidimos continuar hasta la siguiente gasolinera que marcaba el GPS, cerca de allí. Esta sí que la encontramos, pero tenía un acceso lamentable. Estaba metida en algo parecido a un patio de vecinos, con árboles y ramas bajas que dificultaban el paso, no me lo podía creer. Pero no había alternativa. No nos quedaba gasoil, así que jugándonos la integridad de la caravana, nos metimos en aquella cutrez.

Llenamos el depósito, pagué y respiramos aliviados. Pero como estaba previsto, tuvimos serias dificultades para salir. Para llegar a la calle debimos girar muy cerrado, y la caravana rozaba con las ramas de los árboles. Con más pena que gloria —y milagrosamente sin un rasguño— logramos salir de allí, y volvimos a la autopista sin ningún otro contratiempo.

He intentado (tiempo después) buscar la ubicación de esa gasolinera en Google Maps, sin éxito. Tan fácil que hubiese sido llenar el depósito antes de entrar en el extrarradio de París…

La mañana de la marmota

La mañana que abandonamos el camping Sandaya París Maisons-Laffitte también sufrimos algún que otro apuro. El GPS nos señaló una ruta hacia la autopista, pero llegando al acceso indicado, vimos un túnel por el cual no cabía la altura de la caravana ni de coña. Como es normal pasamos de largo, esperando encontrar otro acceso más adelante.

Pero lo único que encontramos fue una locura de rotonda, con un tráfico infernal e indicadores a cincuenta mil lugares, ninguno de ellos la autopista. Ante la duda, volvimos al último acceso conocido, el túnel por el que no podíamos pasar. Tal vez habíamos mirado mal, o nos habíamos pasado de largo algún otro acceso.

Realizamos el mismo recorrido, de unos 4 o 5 km, solo para confirmar que el maldito GPS nos quería meter por aquel túnel sí o sí, y que por allí no había ningún otro acceso. Pasamos otra vez de largo y llegamos de nuevo a la misma rotonda infernal de antes. Esta vez intentamos fijarnos mejor en los carteles. Quizás alguno indicaba otro camino hacia la autopista y antes no lo habíamos visto.

Pero no vimos nada nuevo. Retomamos otra vez el camino hacia atrás, para realizar el mismo recorrido circular que las dos veces anteriores. La situación empezaba a recordarme la película El día de la marmota. En esta ocasión paramos en un pequeño descampado que habíamos descubierto antes al lado de la carretera, para consultar Google Maps.

El lío de carreteras, rotondas, cruces, pueblos y calles era complicado de entender hasta con el mapa ante nuestras narices. No sacamos nada en claro, y decidimos no hacer caso al GPS del coche ni a Google Maps. Lo que hicimos fue apuntarnos mentalmente varias localidades situadas al sur de París, para simplemente seguir en dirección sur durante los kilómetros que fuesen necesarios para alejarnos de aquella empanada mental en la que estábamos metidos.

Así lo hicimos. No sé cuantos kilómetros recorrimos, ni por dónde pasamos. Al cabo de aproximadamente media hora o cuarenta y cinco minutos, ya muy lejos de París, volvimos a hacer caso al navegador del coche. Tras meternos en otro lío en el interior de un pueblo desconocido, donde de milagro no tuvimos que desenganchar la caravana para maniobrar, finalmente llegamos a la autopista.

Un buen ejemplo de la Ley de Murphy en Puy du Fou

Visitamos el famoso parque temático Puy du Fou en Les Epesses, Francia, dos días consecutivos (v. Puy du Fou, el parque temático de los espectáculos extraordinarios). El primero estuve usando reiteradamente la aplicación para móviles del parque, muy útil ya que permite conocer en todo momento las ubicaciones y los horarios de los espectáculos, además de traducirlos a unos cuantos idiomas.

Lo usé tanto que por la tarde la batería del móvil se agotó. Como no teníamos opciones de recarga, no nos quedó más remedio que pasar sin él. Era la primera vez que me pasaba desde que lo compré, hacía ya un año y medio. Bueno, no pasa nada por estar sin móvil unas horas… O sí…

Antes de dar por finalizada la jornada y regresar al camping, asistimos al espectáculo nocturno «Les Orgues de Feu«. Se celebra en un bonito lago, donde magníficos juegos de agua, luz y sonido dejan boquiabiertos a los espectadores. Al ser la última representación antes de cerrar el parque, todo el mundo se reúne allí para verla.

Al finalizar la función, todos (a la vez) empezamos a andar hacia la salida, que se encuentra a una buena distancia del lago. Se formó tal tapón de gente que apenas avanzábamos, y mi hijo y yo decidimos sentarnos en un banco mientras el parque se iba vaciando.

Puy du Fou

Al cabo de un buen rato, cuando ya se habían marchado casi todos, nos dirigimos hacia el aparcamiento. Caminábamos prácticamente solos, satisfechos de nuestra hábil estrategia, que además de habernos ahorrado la marabunta nos permitiría salir del recinto sin retenciones de tráfico. Los parkings de Puy du Fou son gigantes, enormes explanadas de tierra donde caben miles de coches. Cuando llegamos el nuestro estaba solo, como una diminuta isla en la inmensidad del océano.

Serían las 11 de la noche más o menos, y estábamos muy cansados tras de un día sin parar. Nos subimos al coche, metí la llave en el contacto y… nada. La batería se había muerto. Sin previo aviso. No quedaba nadie para pedir ayuda, ni teníamos teléfono para pedirla. Dos baterías muertas el mismo día (teléfono y coche) que casualidad. Maldito Murphy… Regresamos a toda prisa hacia la entrada del parque para ver si alguien nos podía echar una mano.

Llegamos justo cuando un guardia de seguridad cerraba una gran puerta. Le expliqué como pude en francés rudimentario lo que nos pasaba. Le pedí si podía llamar con su móvil a mi aseguradora para que enviaran alguna asistencia. Me dijo que no porque según entendí, debería pagar él la llamada. Le contesté que se la pagaba yo allí mismo, pero no bajó del burro. Él tenía una idea mejor, y me indicó que regresáramos al coche, que en diez minutos acudiría con ayuda.

Así lo hicimos, tampoco teníamos alternativa. Nos sentamos en el coche a esperar. Pasaron diez minutos, luego media hora y luego cuarenta y cinco minutos. No sé cuanto tiempo pasó. Mi hijo se durmió plácidamente en su silla del asiento trasero. Empecé a sospechar que el guardia no vendría, así que sintiéndolo en el alma le desperté y echamos a andar hacia la carretera. El camping estaba a unos 4 km, y la idea era llegar allí andando. Tal vez de camino encontrásemos algún coche de la Gendarmerie que nos echara un cable.

Llegando a la carretera, vimos un vehículo que se dirigía hacia nosotros. Era el guardia con la ayuda que había prometido. Venía con otro chaval y un arrancador de baterías. Pusimos nuestro coche en marcha y estuve a punto de gritar «Vive la France!». Les dí unas sinceras y emocionadas gracias y nos fuimos. Al llegar al camping nos metimos en la cama directamente.

A la mañana siguiente telefoneé a la compañía aseguradora y enviaron un coche-taller al camping, donde me cambiaron la batería. Inmediatamente después volvimos a Puy du Fou a pasar allí nuestro segundo y último día en el parque.

Lugares desconocidos en la Francia Profunda

En Oradour-sur-Glane (v. Oradour-sur-Glane, el pueblo que murió un sábado de primavera) pudimos haber pasado nuestra primera noche fuera de un camping. Meses antes pedí información en la Office de Tourisme Porte Océane du Limousin, que amablemente nos apuntaron un par de espacios en el centro de la localidad para pernoctar con la caravana (una sola noche).

Lamentablemente cuando llegamos al pueblo, por una incomprensible confusión no pudimos pernoctar en ninguno de ellos. Por fortuna teníamos tiempo de buscar un lugar alternativo, y así lo hicimos ayudándonos de San Google Maps. Localizamos el camping Les Alouettes en Cognac-la-Foret, a 16 km (unos 20 minutos), aunque finalmente fueron bastantes más…

Camping Les Alouettes, en Cognac-La-Foret.

A pesar del GPS, nos equivocamos y tomamos la carretera que no era. Enseguida sospeché de la metedura de pata, al tiempo que reflexionaba sobre mi facilidad para equivocarme.

Un poco más adelante subimos por una estrecha carretera cuesta arriba y pasamos pegados a una granja, donde casi pudimos intuir el estupor de las ovejas al ver la primera caravana de su vida. La expresión del granjero, que dejó sus quehaceres por unos instantes para repasar con la mirada el coche, la caravana y la matrícula, lo decía todo sin necesidad de hablar. Y decía algo como: — «estos domingueros no saben donde se han metido».

Convencidos de que por allí no íbamos a ninguna parte, continuamos para intentar dar con un algún sitio donde dar la vuelta, con temor de no encontrarlo. Al final de la pendiente empezaba una pequeña urbanización. Continuamos y encontramos un cruce de calles que formaba una pequeña plaza, suficiente para maniobrar y volver por donde habíamos llegado.

Ya en la buena dirección, vimos un tractor de grandes dimensiones que venía en sentido contrario. Ambos reducimos la marcha y nos pegamos tanto como pudimos al margen de la carretera. Al llegar a nuestra altura, vi que el conductor era el granjero de antes. Su expresión decía: — «ya sabía yo que os habíais equivocado».

Esos caminos asfaltados a los que los franceses llaman carreteras

Semanas antes de llegar a Saint-Cirq-Lapopie, la eterna vigilante del Valle del Lot, catalogada como una de «Les plus beaux villages de France» (los pueblos más bonitos de Francia), creía tener muy clara la ruta para llegar allí. Sabía que los últimos kilómetros discurrían por carreteras rurales, pero cuando nos metimos allí fue peor de lo que esperaba.

Habíamos salido hacía unas tres horas de Oradour-Sur-Glane. Todo fue bien hasta que dejamos la autopista para recorrer los últimos 30 o 35 km. Progresivamente, nos fuimos internando por carreteras cada vez más secundarias. Siempre que cambiábamos de carretera —siguiendo las instrucciones del GPS, por supuesto— era para meternos en una más angosta que la anterior. En un momento dado me pregunté cuál sería el límite. Pronto encontré la respuesta.

Faltando 15 o 20 km para llegar ya circulábamos por el colmo de las calzadas. Su nombre oficial era «carretera» aunque el camino que lleva a mi huerto tiene una anchura similar. Estrecha hasta el punto de que en caso de cruzarnos con algún vehículo mayor que un utilitario, difícilmente cabríamos los dos.

Fueron unos kilómetros algo estresantes. Afortunadamente —y también lógicamente— era una carretera con muy poco tráfico, y llegamos a nuestro destino sin ninguna contrariedad. Ya instalados en el Camping de La Plage, pensé en dejar la caravana allí para siempre, para no tener que volver a pasar nunca más por aquella carretera.

La carretera que atraviesa Saint-Cirq-Lapopie. Pasamos por aquí el día que nos fuimos.

Obviamente, no lo hice. El día que nos fuimos de Saint-Cirq-Lapopie salimos por el extremo opuesto del pueblo. Tras la experiencia de la llegada, pensé que peor no podía ser. Y acerté. Tal vez esta carretera era unos centímetros más ancha, o me había curado de espantos después de lo visto el día que llegamos. La cuestión es que todo fue como una seda y llegamos hasta la autopista sin novedades.

Accidente en el peaje de Toulousse

Llegamos a la autopista A62 sin novedades. Cerca de Toulouse, capital de Occitania y la Cité de l’Espace, llegamos a otro de tantos peajes. Como llevamos un dispositivo Vía T, no nos hace falta parar en ninguno, ya que la barrera se levanta sola al detectarlo.

Era un peaje muy ancho con muchas cabinas de pago. A la salida de las cabinas, la calzada se iba estrechando gradual y rápidamente como un embudo, hasta su punto más estrecho al llegar a los dos carriles de la autopista.

A nuestra derecha circulaba un camión que se dirigía a tomar el carril de la derecha. Nosotros circulábamos por su izquierda a una velocidad ligeramente superior, con la intención de sobrepasarle por el carril izquierdo.

Casi al final del embudo, unos metros antes de entrar en el carril izquierdo, miré por el retrovisor de ese lado y vi un coche que circulaba peligrosamente entre la caravana y el guardarraíl. No entendí como había llegado hasta ahí, ya que lo más lógico hubiese sido reducir la velocidad o frenar para colocarse detrás. Como siempre en estos casos, todo sucedió en una fracción de segundo.

El coche quedó atrapado entre la caravana y el guardarraíl, y por el retrovisor pude ver (y sentir) como golpeaba a ambos. Seguimos circulando unos metros hasta situarnos fuera de peligro, y nos detuvimos los dos en el arcén, uno detrás de otro.

Coches y camiones pasaban a nuestro lado con gran velocidad y estruendo. No era un lugar demasiado seguro. Le dije a mi hijo que se quedara en el coche y no saliera para nada. En el vehículo contrario iban dos personas, el conductor y su señora. Solo hablaban francés, y mi francés no da para una conversación fluida. Observé los daños de nuestra caravana y luego los suyos. Él hizo lo mismo.

El lateral izquierdo de la caravana presentaba algunas ralladuras casi de extremo a extremo, nada grave. El coche lo mismo, pero en ambos lados. Saqué el parte amistoso y lo rellenamos. Ellos decían que la culpa era nuestra (??) y yo que era suya. Finalmente nos despedimos contrariados pero civilizadamente. Unos meses más tarde me dieron la razón y mi aseguradora me abonó el importe de la franquicia.

Foto cabecera: https://unsplash.com/@jamie452

Recursos útiles

Civitatis  - Actividades en español en todo el mundo.

Intermundial - El mejor seguro para tus viajes.


AHORA CON EL 20% DE DESCUENTO

Booking.com - Hoteles, casas y mucho más.

Erasmusu- Alojamiento para estudiantes.

SkyScanner - El mejor buscador de vuelos.

Avis - Cancelación gratuita en los alquileres europeos.

AutoEurope - Alquiler de coches en todo el mundo.

Budget - Modifica tu reserva sin cargos adicionales.

VíaMichelín - Calcula tu ruta (opción cálculo con caravana).

Hidden Content

4 comentarios en «Anécdotas y apuros de un caravanista de primer curso»

  1. Me he sentido tan identificadísima en casi todas las situaciones. El maldito GPS, y lo de «Esos caminos asfaltados a los que los franceses llaman carreteras» que también yo tantas veces repito cuando escribo mis artículos sobre Francia…
    Un post muy divertido, y real.

    Saludos.

    Responder
    • Gracias Marina. A toro pasado esas situaciones casi siempre (afortunadamente) acaban recordándose como anécdotas para explicar… Aunque en el momento en que estás ahí solamente piensas en llegar cuanto antes al destino o al menos el consuelo de una carretera más ancha 🙂 Saludos!

      Responder

Deja un comentario

 ¿TE VIENES DE VIAJE?

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN Y TE AVISAREMOS CUANDO PUBLIQUEMOS UN NUEVO POST

A %d blogueros les gusta esto: