Una plaga de Orugas — Nigel Barley

El "antropólogo inocente" regresa a la aldea africana

Después de haber leído y disfrutado con El antropólogo inocente, me quedé con ganas de más Nigel Barley. Así que no dudé ni un instante en adquirir la segunda parte, Una plaga de orugas, donde el antropólogo narra su regreso a la tierra de los dowayo, la remota tribu camerunesa. El motivo, documentar la ceremonia de circuncisión de los jóvenes de la tribu, un importante rito que se celebra cada seis o siete años y que en su anterior visita no pudo ver.

Tras múltiples peripecias intentando sortear las a veces surrealistas formalidades de entrada al país impuestas por pintorescos funcionarios cameruneses, finalmente Barley consigue empezar el trayecto hacia el poblado dowayo. Como no podía ser de otra manera, el viaje no está exento de todo tipo de situaciones inverosímiles e incomprensibles —desde nuestra perspectiva occidental— .

Al llegar se da cuenta de que han cambiado algunas cosas, no demasiadas, pero por supuesto, en su mayor parte todo sigue igual. Incluso la cabaña que construyó en su anterior visita, que aun sigue en su lugar. Las costumbres y tradiciones de los dowayo nos continúan sorprendiendo, y en algunas ocasiones nos dejan estupefactos por su lógica y forma de razonar, tan diferente a la nuestra.

Obviamente, debemos tener en cuenta que el humor es solamente un ingrediente más del libro, donde lo realmente interesante es el viaje del antropólogo a un mundo desconocido y lleno de curiosidades y tradiciones ancestrales incomprensibles a ojos de un occidental. Explicar cosas aparentemente serias con sentido del humor es una  inteligente forma de hacerlas llegar al gran público, lejos de aburridas explicaciones científicas y filosóficas. Y Nigel Barley es un maestro en hacerlo.

«Para compensar la comida, el jefe nos ofreció una gran calabaza de excelente leche fresca. Aquello sí era un lujo, una leche extraordinariamente sabrosa y fresca, la primera que había probado en África. Felicité al jefe por la calidad de la leche. […] Ciertamente, era una suerte que hubiera muchos fulani cerca de la aldea, pues, según dijo, eran grandes pastores. Sus vacas daban leche de calidad para beber, a diferencia de las vacas enanas de los dowayo. Además, se mantenía fresca gracias a que las mujeres fulani orinaban en ella para evitar que cuajara. Desde ese momento bebí menos que antes.»

Como si de efectos colaterales se tratase, al convivir con el pueblo dowayo, el autor tiene la oportunidad de conocer a algunas tribus vecinas, como los fulani. Y ser testigo de tragedias como las del pueblo ninga, de los cuales quedan veintiséis miembros cuando Barley visita su aldea, y que al escribir estas líneas tal vez sea otro pueblo extinguido de la faz de la tierra.

Aunque a veces las comparaciones son odiosas, reconozco que con Una plaga de orugas no me he reído tanto como en El antropólogo inocente. Aunque sinceramente tampoco lo esperaba, porque su nivel en ese sentido es difícilmente superable. Y lo dice alguien que ha leído bastante, modestia a parte. Pero eso no quita que Una plaga de orugas sea sumamente ameno y con grandes dosis de humor.

Tan ameno que el libro me llegó un viernes por la tarde y el sábado por la noche ya lo había devorado. Pocos libros consiguen atrapar al lector de tal manera. Es muy fácil de leer, el lenguaje es claro y directo, y consigue mantener al lector en una expectación constante. Siempre a la espera de cual será la siguiente ocurrencia de los dowayos, o que nuevas experiencias esperan al antropólogo en la siguiente página. No tiene desperdicio, vaya.

«[…] Luego todos los hombres se sentaron a fumar y tomar cerveza caliente. Hubo cierta discusión sobre quien debía escupir a las viudas del fallecido, dejándolas así libres para volver a casarse. […] También debía participar en el acto de escupir a las viudas para demostrar que no guardaba rencor alguno al hombre cuyas ceremonias habíamos realizado. Todo parecía la mar de normal.»

En definitiva, Una plaga de orugas es mucho más que un libro con el que pasar buenos momentos de lectura. Sí, es divertido, sin ninguna duda. Mucho. Pero también nos acerca a un mundo desconocido, tan real como increíble. Y lo hace de una manera que pocos autores consiguen. Porque fusionar antropología y humor con tal maestría no parece una tarea fácil.

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