El antropólogo inocente — Nigel Barley

Prólogo de Alberto Cardín

El antropólogo inocente fue mi primer contacto plenamente satisfactorio con la literatura viajera. A pesar de disponer de una modesta biblioteca personal de poco más de mil volúmenes, en ella los libros de viajes representaban un porcentaje ridículo. Se limitaban a unas pocas guías de lugares en los que había estado, y algún que otro libro que había llegado a mis manos de forma casual en forma de regalo. Cuando decidí poner remedio a este drama literario doméstico, quise empezar con buen pie. Así que, sabiamente aconsejado, me hice con esta joya.

En El antropólogo inocente, el antropólogo inglés Nigel Barley relata en primera persona el viaje que le llevó a Camerún en 1978, para elaborar un trabajo de campo sobre el poco conocido pueblo dowayo. Las aventuras y desventuras de Barley durante los 18 meses que pasó con ellos están narradas de tal forma que me fue imposible dejar de leerlo de un tirón. Es un libro que engancha desde la primera página. Se lee fácilmente, y enseguida consigue que el lector se meta en la piel del autor, casi como si estuviese allí con él y con los dowayos.

Pero lo mejor de El antropólogo inocente es el gran sentido del humor con que Nigel Barley explica sus vivencias. Después de haberlo leído, puedo afirmar que jamás imaginé que un libro serio, de un antropólogo que escribe sobre una desconocida tribu africana, me pudiera provocar tantas carcajadas. Hasta el punto de llamar la atención de mi hijo de seis años, que se acercaba sorprendido para descubrir que era aquello que me estaba haciendo desternillar de tal manera.

«En mi primera visita a una fiesta dowaya, hube de someterme a una dura prueba. «¿Le apetece una cerveza?», me preguntaron. «La cerveza está surcada», respondí equivocándome de tono. «Ha dicho que sí», les explicó mi ayudante con voz fatigada. Estaban asombrados. No se sabía de ningún blanco que tocara su cerveza. Cogieron una calabaza y procedieron a lavarla en honor de mi exótica sensibilidad, lo cual hicieron entregándosela a un perro para que la lamiera» 

Mil peripecias burocráticas en Camerún, penosos traslados de un lugar a otro por carreteras impracticables, o graciosos malentendidos provocados por el desconocimiento de la lengua y costumbres dowayas, dan lugar a multitud de situaciones realmente cómicas. Y no son pocas, lo que hace que la lectura se haga muy amena y el tiempo pase volando. Un libro que enseña y entretiene al mismo tiempo.

«Me levanté y le estreché la mano cortésmente. «Discúlpeme —dije—, tengo que guisar un poco de carne». Al menos eso es lo que pretendía decir, pero debido a un error de tono declaré ante una perpleja audiencia: «Discúlpeme, tengo que copular con el herrero»

Aunque el humor nos acompañe durante toda la lectura, por supuesto El antropólogo inocente es mucho más que un libro que provoca sonrisas o carcajadas. Así, conoceremos las extrañas (para nosotros) costumbres de los dowayos, sus alegrías y también sus miserias. Aprenderemos que la vida en África es muy, muy diferente a la que los europeos estamos acostumbrados. Visitaremos pueblos, misiones, embajadas, mercados, estaciones de tren, oficinas de correos, cuarteles de policía, aeropuertos, peculiares funcionarios, poblados dowayos, fiestas tribales, brujos y curanderos… Y nos sorprenderemos de como algunas cosas que nosotros vemos cada día y consideramos normales y totalmente rutinarias, en África se convierten en exóticas, peligrosas o simplemente desconocidas. Sin duda uno de los mejores libros que he leído, y que recomiendo sin dudar a cualquiera que le guste leer.

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